“Lo que no se nombra, no se puede sanar» y , pero al mismo tiempo, lo que se nombra mal, puede convertirse en una jaula.
En terapia, las etiquetas generan una de las conversaciones más delicadas y, a veces, necesarias. Porque a veces alivian y a veces pesan. A veces ordenan el caos y otras, lo fijan.
La pregunta no es si las etiquetas son buenas o malas, la pregunta es qué hacen contigo y cómo te están haciendo sentir.
Cuando la etiqueta alivia
Hay momentos en los que ponerle nombre a lo que te pasa es profundamente reparador.
De pronto entiendes que:
- No eres “débil”, estás agotado.
- No estás “roto”, estás en duelo.
- No eres “incapaz”, estás ansioso.
Nombrar puede ser un acto de justicia interna, de comprensión hacia uno mismo, porque te saca del “me pasa algo raro” y te coloca en el “esto tiene sentido”. Desde la psicología sabemos que identificar una experiencia reduce incertidumbre, vergüenza y autoataque. Le da marco a lo que duele y abre la posibilidad de elaborarlo y lo más importante, gestionarlo. La etiqueta, en este punto, no define quién eres, sino qué te está pasando.
Y eso puede ser el primer paso para sanar una herida, atravesar un duelo o comprender una etapa vital difícil.
Cuando la etiqueta encierra
El problema aparece cuando la etiqueta deja de ser un mapa…
y se convierte en una identidad.
Cuando pasas de:
“Estoy atravesando ansiedad”
a
“Soy ansioso”
De:
“Tuve una infancia difícil”
a
“Estoy dañado”
Ahí la etiqueta deja de describir una experiencia y empieza a organizar toda tu relación con el mundo que te rodea. Tus decisiones. Tus vínculos. Tus límites. Tus expectativas. Y esto no empieza en la adultez.
Las primeras etiquetas: la infancia
Mucho antes de llegar a una consulta, ya fuimos etiquetados.
“Qué obediente eres.”
“Siempre estás en las nubes.”
“No te enteras de nada.”
“Eres difícil.”
“Eres el responsable.”
Frases que se repiten, a veces sin mala intención, pero con un impacto profundo. Porque no solo clasifican para los demás, se convierten en verdades internas, que asumimos como referencia de nosotros, nuestra personalidad, lo que los demás esperan y cómo debemos pensar, actuar e incluso ser.
La psicología del desarrollo ha mostrado cómo estas atribuciones tempranas influyen en el autoconcepto: el niño no solo aprende cómo lo ven, sino quién cree que es.
Y así, sin darnos cuenta, podemos construir una identidad alrededor de una etiqueta que no elegimos. Una identidad que limita, que empobrece la experiencia, que nos hace vivir una versión más estrecha y puede que menos amable de la vida.
Cuando la etiqueta también se mete en tu trabajo
Las etiquetas también se cuelan en nuestra relación con el trabajo. Cuando durante años te dijeron que eras “el responsable”, puedes convertirte en quien nunca delega y siempre carga con todo. Si fuiste “el brillante”, quizá sientas que no tienes permiso para equivocarte. Si eras “el distraído”, tal vez hoy dudas de tu criterio incluso cuando estás preparado.
El problema es que esas etiquetas no solo influyen en cómo trabajas, sino en lo que crees que mereces. A veces te frenan a la hora de pedir una promoción porque “no eres líder”. Te hacen rechazar oportunidades porque “no eres de los que cambian”. Te traicionan la confianza justo antes de postularte a un nuevo puesto. Te mantienen en lugares que ya no te representan porque, en el fondo, sigues actuando según una definición antigua de ti.
En el entorno laboral, estas etiquetas invisibles influyen en cómo te posicionas, qué oportunidades tomas, cuánto te exiges y cuánto te permites descansar. No trabajamos solo con nuestras habilidades, trabajamos también con la identidad que construimos. Y cuando esa identidad está rígidamente definida, el trabajo deja de ser un espacio de desarrollo y se convierte en un escenario donde confirmamos, una y otra vez, quién creemos que somos.
Cuál es la diferencia
La diferencia no está en la palabra, sino que está en el uso.
- ¿La etiqueta te ayuda a comprenderte o te reduce?
- ¿Te abre opciones o te las quita?
- ¿Te permite tener más compasión contigo o te condena?
En terapia, una buena etiqueta es temporal, flexible y contextual. Sirve para entender, no para sentenciar, para acompañar un proceso, no para definir una esencia.
Porque tú no eres tu diagnóstico. No eres tu herida y por supuesto no eres lo que te pasó. Eres alguien atravesando algo.
Quizá el trabajo no sea eliminar las etiquetas, sino aprender a no vivir desde ellas, es decir, usarlas como linterna, no como espejo. Como punto de partida, no como destino.
Y revisar, con honestidad y cuidado, qué palabras sigues usando para describirte… y si todavía te sirven para vivir una vida más plena, más auténtica y más tuya.
A fin de cuentas, se trata de no ser cruel contigo. Y a veces, eso empieza por cambiar una frase interna. No para negarte, sino para devolverte espacio.





