En los últimos años hemos dado (por fin) más espacio a hablar de salud mental. Sin embargo, en paralelo, empieza a aparecer un fenómeno curioso, el de utilizar el término como excusa para evadir la responsabilidad individual que tenemos en cómo nos sentimos y en cómo actuamos. Es cierto que no controlamos todo lo que nos ocurre, ni todas las variables de nuestra historia personal, ni los golpes de la vida pero sí tenemos una cuota de responsabilidad en permanecer donde duele. Es decir, en sostener vínculos que nos lastiman, en seguir en trabajos que nos enferman, en alimentar narrativas de victimismo o en pasar la culpa como si fuera una moneda de cambio.
Aquí aparece la incomodidad. Porque la responsabilidad individual es, en términos estrictos, una dicotomía: si acepto que soy responsable de parte de mi vida emocional, no solo soy víctima de lo que ocurre… también soy protagonista. Y ser protagonista implica aceptar que tengo capacidad de decisión, de renuncia, de cambio. Y eso no siempre queremos verlo. No porque seamos débiles, sino porque tomar decisiones implica riesgo, duelo e incertidumbre. A veces es más fácil pensar que “no puedo” que asumir que “no quiero pagar el precio de cambiar”.
Esto no significa negar el dolor. Hay historias que son injustas, traumáticas e inasumibles y nadie cuestiona eso. Lo que cuestionamos es el salto que a veces se hace desde “me duele” hasta “por lo tanto todo está justificado”. La salud mental no es una excusa para dañar a otros, para proyectar nuestra rabia o para exigir comprensión infinita sin ofrecer reflexión. Podemos sentirnos rotos por dentro y, aun así, seguir siendo responsables de cómo impactamos en quienes nos rodean. Y aquí entra en juego la salud mental y la responsabilidad personal como dos elementos que no se excluyen, sino que se complementan.
Cuando la irresponsabilidad emocional entra en el trabajo
En el ámbito laboral, esta falta de responsabilidad emocional no solo nos afecta a nivel interno, sino que termina convirtiéndose en dinámicas sostenidas de dolor, propio y ajeno. Permanecer en roles, equipos o culturas que no nos representan, pero sin asumir ninguna decisión al respecto, alimenta el resentimiento silencioso. Y ese resentimiento se filtra a través de la irritabilidad, en el cinismo, en la crítica constante, en la desconexión o en el desgaste emocional.
De ahí nacen bucles de estrés crónico: me siento mal, no hago nada para cambiarlo, me culpo (o culpo a otros) y acumulo tensión emocional que acabo soltando en pequeñas explosiones o apatías sostenidas. El equipo lo nota, por lo que las relaciones se tensan y sin darnos cuenta, nos convertimos en parte activa del clima que decimos detestar.
Así, la falta de responsabilidad personal en nuestra salud mental puede derivar en baja motivación, conflictos recurrentes, pérdida de confianza y desgaste psicológico sostenido. Y el coste humano y organizacional, es enorme.
Entonces, ¿qué significa realmente hacernos responsables?
Responsabilidad no es culpabilidad. No es autoflagelarnos. No es invalidar nuestro dolor. Es, más bien, hacernos una pregunta honesta:
“¿Qué parte de esto sí está en mis manos?”
Responsabilizarnos implica reconocer nuestra capacidad de acción, aunque sea pequeña. Implica dejar de colocarnos solo en el lugar pasivo de lo que ocurre, para ocupar también el lugar activo de quien puede decidir, pedir ayuda, marcar límites o iniciar cambios. Y sí, esto incomoda, porque elegir también duele. Pero no elegir… a veces duele más.
Micro-hábitos para trabajar la salud mental y la responsabilidad personal
Algunos pasos prácticos para empezar:
- Practicar la autoobservación sin juicio: qué siento, cuándo, con quién.
- Diferenciar dolor legítimo de narrativa de victimismo sostenido.
- Recordar que quedarse… también es una elección.
- Pedir ayuda profesional cuando el dolor sobrepasa los recursos.
- Cuidar cómo nos vinculamos cuando estamos mal: el otro no es saco de boxeo.
- Sostener conversaciones incómodas antes de explotar.
- Empezar por pequeños cambios antes de exigir transformaciones radicales.
Asumir responsabilidad emocional no nos convierte en culpables de todo. Nos convierte en agentes de cambio y quizá ahí esté la verdadera incomodidad… y, al mismo tiempo, la verdadera libertad.
La salud mental y la responsabilidad personal no compiten entre sí. La primera reconoce nuestro dolor mientras que la segunda reconoce nuestra capacidad. Y cuando ambas conviven, el crecimiento emocional deja de ser una teoría… para convertirse en una práctica cotidiana.
Si sientes que este tema te resuena o estás atravesando una etapa compleja en tu entorno laboral o personal, en Bluebrain podemos acompañarte en el proceso de reconectar contigo desde la responsabilidad emocional y el cuidado real.





